No es por rencor que hablo de la noche

No es por rencor que hablo de la noche
(Fotocopia: Tomada de Internet).

El poeta villaclareño Carlos Galido Lena cumpliría 90 años este 22 de mayo. Sirva este texto como homenaje al destacado literato.

En sus últimos años se quejaba de que nadie quería prestarle libros, que no le gustaba la poesía cubana del momento y que no lograba publicar los cinco o seis poemarios que tenía inéditos. Sin embargo, durante toda su vida fue un hombre callado, que evitaba las discusiones y que hizo poco por obtener la consagración literaria. Estuvo dos décadas sin escribir ni publicar poesía, fue miliciano durante la Limpia del Escambray y dejó la mayor parte de sus fuerzas como profesor de Español-Literatura en el preuniversitario Osvaldo Herrera.

Era un maestro raro. Hablaba de los grandes escritores como si los conociera personalmente y venía a clase con una pipa que nunca encendía. Los alumnos correspondían a su rareza con amabilidad: hacían silencio cuando lo veían aparecer en el aula enormísima y algunas muchachitas creyeron haberse enamorado de él. Varios de los poetas que tiene hoy Santa Clara entraron de su mano por la puerta de la literatura.

Su figura no tenía nada de particular. Era bajo y un poco grueso, sin llegar a ser gordo. Tenía la nariz aguileña y la barbilla partida en dos. En una época que abominaba el protocolo, él se vestía como un auténtico burgués: camisa y pantalón con pinzas. Tenía uno de esos nombres que uno considera adecuados para un escritor: Carlos Galindo Lena.

Parte del encanto residía en su capacidad de pensar en voz alta, de hacer llegar al público una experiencia vital alejada del estruendo, la lentejuela, el espectáculo. Eso tuvo su costo, por supuesto. Cuando sus compañeros de generación publicaban «Himno a las milicias» y «En tiempos difíciles», él escribía «dar muerte o recibir la muerte es siempre triste». De ahí sus 20 años de silencio y su exclusión de polémicas, autocríticas y reivindicaciones.

Pero Galindo jamás aprendió la lección o, mejor dicho, insistió calladamente en batirse a la defensiva. No vacilaba en afirmar que la antología de la generación de los 50, donde aparecen 22 poemas suyos, se hizo a sus espaldas, igual que la edición de Letras Cubanas de su libro Mortal como una paloma en pleno vuelo. «Yo hubiera hecho una selección rigurosa», dijo al profesor universitario José Domínguez en la última entrevista que concedió.

La poesía parecía ser menos importante para él que la vida. Perfectamente podía extraviar cientos de poemas o un libro ya terminado. Sin embargo, se ocupó en formar una familia y mantenerla unida. Puso su interés en cosas minúsculas, como dedicarle todos sus poemarios a su esposa, Edelsa, y en buscar verdades universales. Y aunque no hubo grandes premios para él, excepto el de la Crítica y la peregrina intención de nominarlo al Premio Nacional de Literatura, en algún momento sus esfuerzos se vieron recompensados por el éxito.

Comprendió que lo eterno también es efímero, pero en una dimensión desconocida.

Que siempre es preferible el mundo de los sueños, porque la razón conduce a una vida apacible y al acatamiento, no sin lucha, de un mundo regido por intereses, inmoralidad, crímenes y mentiras.

Que cuando uno alcanza cierto grado de sensibilidad, y la belleza se le revela como una fuerza de equilibrio universal, entonces el sexo es también espíritu.

Que los enemigos del espíritu del hombre son también los enemigos de su libertad.

Que la aparente diversidad no es más que la confirmación de la unicidad, y que el hombre se deja atrapar por contradicciones aparentes para justificar su egoísmo, su apatía, su falta de espíritu y de fe.

Que, si uno prostituye su cuerpo, aún puede salvar su alma; pero que, si se prostituye el alma, entonces ya no queda nada por salvar.

Es comprensible que esta poesía del sosiego no generara entusiasmo en nuestra siempre cambiante república de las letras. Galindo jamás se puso a favor o en contra de nadie, no aparece en manifiestos grupales, no formó escuela, ni dirigió una institución cultural. Su existencia se desarrolló como en un claustro, entre Caibarién y Santa Clara, y ni siquiera en los 27 años que vivió en La Habana hizo demasiado por su poesía. De su escasa difusión son responsables los poetas villaclareños y su amigo Francisco de Oraá, Premio Nacional de Literatura. 

Toda su vida fue un extraño profesor de Español-Literatura que ocasionalmente hacía versos. Es raro aquel de sus libros que sobrepase las cien cuartillas. Las verdades que encontró son difíciles de digerir, de aceptar o de aplicar en la existencia cotidiana. Asombran, eso sí, por lo luminoso, por lo mágico y lo esplendente de pensar que hay cierto encanto en la inmovilidad, el horror o la derrota.

A 90 años de su nacimiento, Carlos Galindo Lena aún espera a su lector./ Por: Yandrey Lay Fabregat

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