«Pienso, luego existo»…sin dudas, estas tres palabras inmortalizaron la obra del filósofo René Descartes. No, amigo, no crea que se equivocó de blogporque en un momento estas líneas perdieron su saborcito cubano. Sencillamente hoy le pido prestada esta frase a su creador para pasarla por el filtro de nuestra identidad nacional y tener como resultado una nueva sentencia que de seguro se ajusta a la perfección a una gran parte de quienes hoy nos leen: «CRITICO, LUEGO EXISTO».
Criticar en el sentido más benévolo o con la marcada intención de hacer daño ya se ha convertido no solo en una mala costumbre, me atrevería a asegurar que en un deporte, cuya práctica sistemática suma nuevos adeptos a cada minuto. ¿No me cree? Mis lindas vecinitas adolescentes estaban muy aburridas la otra tarde, sentadas con esa dejadez típica de la edad, cuando de repente a una se le ocurrió una idea que tras ser lanzada mereció aplausos y hasta turnos para ver quién comenzaba: ayy muchachitas, y por qué nonos ponemos a criticar. Y allí salieron a relucir lo mal que le quedan los botines a Jennifer, con ese par de canillas que tiene, qué se pensará Fulanito, que porque el padre maneja un carrito cómico tiene a Dios cogido por la barba, total, si es del trabajo; la prietecita esa quiere serblanca a la cañona, mija, que de tanto estirarse la pasa ahorita se queda calva. Quizás a usted estos comentarios le resulten repulsivos y ya se colocó en posición de arrancada para dar rienda suelta a la injusta letanía de que «la juventud está perdida». Ya sabe, son matices de la adolescencia guiados por el deseo incontrolable de tener espacio en un grupo y de ser reconocido por tus semejantes, aunque sea, como el más criticón.
Pero este tipo de detractores no ofenden a nadie más que a la pobre chica de las piernitas escuálidas. La crítica ponzoñosa, esa que logra quebrar amistades, proyectos, relaciones, emana casi siempre de seres cuyas motivaciones provienen del más letal de los sentimientos: la envidia. Es terrible reconocer esta realidad, pero nos codeamos conella cada día. Si te ven feliz, con un buen trabajo y hasta en planes de matrimonio, enseguida se escuchará el serpenteo de un comentario malicioso. Claro, trabaja ahí porque es una niñita de papá…¿De dónde sacarán estas ideas? ¿Se cumplirá entonces la antigua sentencia de que muchos prefieren sacarse un ojo por tal de ver al vecino ciego? Son estos los ejemplos cotidianos de crítica burda, destructiva, la que se cuela en nuestros hogares y que incluso, logra cambiar la percepción sobreotras personas, así de fácil, y con tremendo convencimiento, pues esta es otra de las características del mal llamado arte de criticar: cuando repites y repites una mentira, llega un instante en que la consideras una verdad irrefutable.
Ahh, la otra cara de la moneda muestra a funcionarios y burócratas renuentes a recibir el más mínimo rasguño en su coraza de documentos, reuniones y secretarias. Pero ese crítica no tiene el sabor amargo de lo injusto, y pretende incidir allí, donde lo mal hecho sale de las oficinas, y afecta a quienes para llegar a su trabajo dependen de dos carretones de caballoso al que paga a dos pesos el cubo de agua para que se lo suban al quinto piso, porque el directivo de la Empresa X tiene que firmar un papelito que aprueba la compra de la nueva turbina, pero ha estado de recorrido durante toda la semana.
De igual manera que puede mostrar lo peor que esconde cada cual entre sus valores, la crítica con razón, con argumentos, la que cuando se hace esgrime al respeto en primer lugar, logra erigir grandes obras.
No asuma nunca que criticar con malicia es un arma que lo coloca en ventaja, porque ello solo le deparará grandes disgustos y falsas victorias. Me despido por ahora con la permanente invitación de que dedique unos minutos a leernos, y hasta a criticar sin veneno,porque estando cerca o lejos siempre es grato descubrirnos con la imagen de la palabra.
Ojalá fuese más mi experiencia, en oficio y no en años, para que estas líneas se leyeran como un sincero relato de vida.Para aquellos cuyo talento y olfato se han entrenado en décadas de labor, debe resultar más fácil hablar sobre una profesión sin horarios, colmada de responsabilidades, de censura y autocensura, y más allá de ello, comprometida con los que nos escuchan, con los que nos reconocen en las palabras, y con quienes llegan, a través de la imagen, a la realidad que se le presenta. Algo más dos años me separan de las aulas, y ya acumulo esas lecciones profesionales, de traspiés y pequeños triunfos, que te ayudan a continuar.
Quienes elegimos ligar nuestras vidas a una de las profesiones más incomprendidas, y a la vez, imprescindible para las sociedades, reconocemos desde el primer instante que el periodismo no es sólo consultar a una fuente, agregar varias cifras que engalanen el trabajo y buscar algunas palabritas que denoten nuestra formación intelectual.Cada reportaje, noticia, crónica o comentario, va dirigido a personas que interpretan lo que les dices según sus valores, sus condiciones económicas, el entorno que le rodea. Por ello resulta incoherente tratar de dulcificar con un lema o con ese lenguaje triunfalista que vicia a tantos colegas en todo el país, esas informaciones que tocan fibras sensibles de la población. El primer mandamiento del periodismo es la objetividad, así, sin colores ni perfumes, aunque esto no implica que nos permitamos perder la ternura, ineludible en una labor cuyos receptores y críticos son tus conciudadanos.
Mis primeros pasos en este mundo ya me han deparado unas cuántas sorpresas. Descubres que quienes padecen en carne propia los desvaríos burocráticos y las negligencias de terceros, constituyen fuentes mucho más ricas y fidedignas que el frío informe de una empresa; puede que aquel colega con cabello encanecido y el andar lento por los muchos años, comparta con los recién graduados esas ideas transgresoras que sólo caben en un espíritu joven, o que encuentres sin ánimos de luchar, abatido por la rutina del diarismo, a otros a los les que sobra maestría, pero carecen de estímulo.
Pero estos no son tiempos de conformarnos con el trabajito fácil, lo que no nos lleve más de media hora frente a la computadora. Cuba vive asediada por la calumnia como arma para desacreditarnos, y nos toca a nosotros defender la verdad de esta isla de luces y desafíos.Lo dijo el Apóstol: «el periodista tiene mucho de soldado», y no será con artículos carentes de argumentos y rebosantes de adjetivos y gritos de guerra, que podamos dar pelea.
Las palabras son nuestro combustible, pero también se les debe dar un descanso. Por eso los cito a un próximo encuentro, para descubrirnos juntos, de periodista a cubano.
En la mayoría de las historias familiares, al rememorarse el nacimiento del primer hijo, coinciden casi siempre los deseos del padre de tener un varoncito, para llevarlo a jugar pelota y poder disfrutar de los primeras peleas porque le rompieron el papalote, mientras que las madres, aunque solamente añoremos traer al mundo a un niño sano, se inclinan por las bebitas.
Desde el instante en que se escucha el primer llanto de una niña las primeras preocupaciones de la familia resultan semejantes: ¿cuándo le podremos poner los aretes?; tan lindos los lazos rosados y no tiene pelito; tengo que encargar desde ahora los zapatos del año. Tal parece que esas bromas machistas que nos catalogan a las féminas como seres sometidos a la hoguera de la moda, toman como punto de partida el afán de casi todas por lucir hermosas, sin importar la edad. Pero, ¿qué sería de este mundo, y de esta Isla, sin esas hermosas mujeres que roban el aliento por un instante?
Las niñas constituyen en primer lugar esas muñecas vivas que deseamos en la infancia. Las adornan con esmero, las visten a semejanza de la más famosa cantante del momento, les enseñan a bailar, a ordenar sus juguetes; en fin, se les prepara para un futuro donde serán ejemplo de feminidad y esposa perfecta. Los padres de varones alardeamos de que, por suerte, nos libramos de los dolores de cabeza de tener a una bella adolescente en casa, asediada por lampiños y bigotudos, como si un hijo, sin que importe el sexo, no fuese una fuente constante de preocupaciones.
Intente pronunciar en voz baja la palabra mujer, y note cuán suave brota cada sílaba. Las féminas contenemos el significado de tantos bellos momentos, no sólo personales, también para toda la familia. La fiesta de quince constituye la cumbre de la niñez, y el precipicio de los ahorros de tantos años. Pero nadie piensa en eso cuando nos ven felices, luciendo el esplendor de la juventud y una sonrisa sin preocupaciones. Más tarde, las abuelas y madres sueñan con la boda hermosa que no tuvieron, y viven a través de nosotras un festejo de amor y de belleza.
Lo increíble de las mujeres resulta que, aunque nos consideren débiles, más sumisas al hogar y al qué dirán, podemos igualar, e incluso, superar a los hombres en cada aspecto de la vida cotidiana. ¿Se imagina usted a un padre soltero, lidiando con el disfraz de Elpidio Valdés para la fiesta del Círculo Infantil, la vacuna que le toca, la respuesta a la pregunta constante de cómo se hacen los niños? Solo la ternura infinita de una mujer y la falta de prejuicios para inventar voces que cuentan la historia de la semillita que llegó a la barriga de mamá, logran la magia de hacernos fuertes, receptivas y emprendedoras frente a cada desafío.
Y sí, es cierto que suspiramos por zapatos y que lloramos con demasiada facilidad, como también lo es que hemos desarrollado como nadie el instinto de resolver los problemas a fuerza de comprensión y que constituimos el alma y el corazón de las familias. Presumidas, histéricas, delgadas o glotonas, todo en un mismo ser por increíble que parezca. Basta la sola mención de la palabra mujer para que se imagine la belleza del mundo en solo una palabra.